jueves, 7 de abril de 2016

Vive y deja vivir.

Pobre de aquel que, viviendo en este mundo, trate de ser justo en todos los ámbitos de su vida. No es posible. No con este sistema, con esta sociedad. Ser vegetariano, proteger a los animales, a la naturaleza, a los pobres... El hacer todo éso implica reducir tus actos al mero hecho de respirar, pues todo está altamente preparado para que el ser cómplice de la masacre del planeta, ideada por seres avariciosos, sea ineludible. ¿Cómo decir que se es justo, si para vestirnos debemos de poner sobre nuestras carnes el sufrimiento de personas que trabajan explotadas? Y si además para evitar ésto la única opción, la ropa ecológica y sostenible, es demasiado cara, ¿qué hacemos? ¿Cómo decir que se es justo, si para desplazarnos al trabajo cada día escogemos ir en coche? O, peor aún, ¿cómo ser justo, si escogemos el coche para ir a comprar ropa hecha por manos hambrientas y pobres? Ésto se complica, ¿no? Pero aún hay más. ¿Cómo ser justo, si el hecho de ser humano deriva en un kilogramo de basura y doscientos litros de agua al día? Y, ¿cuántos animales al día comemos? Pues, ¿no es cierto que vamos a un supermercado cada día y allí, con toda la normalidad, escogemos entre cientos de tipos de especies que son asesinadas sistemáticamente para saciar nuestra hambre? Bueno, más bien el hambre nos es bastante ajena aquí, en los países desarrollados, así que diría que tan solo es una egoísta excusa para seguir comiendo infinitamente las vidas de más y más animales. Una excusa que se convierte en necesidad para los estómagos vacíos de muchas personas.

Definitivamente, no creo que se pueda ser justo en todo. Quizá siendo rico se pueda ser algo más justo, pues en este mundo todo es más accesible si tienes dinero. Pero seguramente el hecho de llenarte los bolsillos con dinero implica que ese dinero esté manchado, corrupto y, por tanto, que sea injusto.
Lo que tomo por conclusión, por tanto, es que a las personas no se nos prepara para buscar soluciones que no hayan sido ya descubiertas. Vivimos en una sociedad injusta, en un mundo que el humano más insaciable ha hecho cruel. Entonces, ¿cómo pretendemos poder ser justos? Estamos atrapados en esa injusticia, en esa rutina que los más avariciosos han creado. Nuestra vida significa automáticamente, se quiera o no, en mayor o en menor cantidad, el fin de muchas otras. En lo que tarda en consumirse una vida humana, ésta consume miles y miles de vidas inocentes, y sodomiza a otras tantas que están todavía más condenadas. No debemos de seguir buscando solución en un mundo en el que no hay solución posible.

Yo sé que para poder disfrutar mi vida sin dañar a ningún otro ser deberé de abandonar esta sociedad cruel, diseñada tan solo por y para el disfrute de unos pocos asesinos. Porque la solución justa existe, pero hay que buscarla desde una manera de vivir también justa. Quizá sea difícil, pues como ya he dicho, nuestra mente tan solo es capaz de buscar entre soluciones ya conocidas. Pero todo pasa por atreverse a crear tu propia manera de vivir. Hay que desprenderse de los mecanismos que te obligan a seguir sufriendo y haciendo sufrir, abandonar una sociedad humana que cada vez es más cruel. En resumen, hay que atreverse a inventar, a construir una vida realmente respetuosa con todo y todos. Ojalá y algún día pueda dar con esa solución, esa solución que me permita crear mi propio camino y, al mismo tiempo, recorrerlo. Un camino en el que yo pueda disfrutar del mundo, y el mundo pueda disfrutar de mí. Un camino alejado de esa forma de vida asesina y maldita, que a todos nos oprime, pero que nadie se atreve a dejar.

miércoles, 10 de febrero de 2016

No elijas tu camino: Créalo.

Todos somos pintores excepcionales en nuestra cabeza. Pues, en multitud de ocasiones, nuestra mente pinta o imagina un lienzo que varía según nuestro humor, nuestra educación o nuestra manera de ser. Ya sea para opinar sobre la situación político-económica y social del país, sobre cómo le queda la chaqueta a esa persona o sobre si es más factible viajar a París o a Nueva York, nuestra mente comienza a dibujar la situación, a imaginarla. Le añade colores y texturas, distintos matices que dictarán si elegimos el negro más lúgubre, el gris más indeciso o el blanco más puro: El lienzo perfecto o el más pesimista y horrible, según la situación. Un desfile del arcoíris o los tonos más propios del infierno. Todos improvisamos cientos de cuadros al día: Un día nos despertamos rock, otros días apostamos por Beethoven y en otros nos sienta bien una tranquila balada o el silencio. Quizá, algún día, cuando se pueda leer la mente de los demás, se pueda descubrir el mundo de color, tinieblas y pasión que cabe dentro de cualquier persona anónima que, frustrada por no haber podido materializar esa canción, ese lienzo o ese libro, se ha terminado conformando con acabarlo, poco a poco, dentro de sí mismo.

Con ésto lo que quiero decir es que hay un mundo ilimitado de posibilidades y fantasías detrás de cada uno de nosotros. Todos imaginamos, sentimos y creamos, aunque no todos lo puedan exteriorizar. Pues ahí reside lo singular del artista, que es capaz de sacar lo que lleva dentro y plasmarlo en un papel, en un lienzo, o hacerlo llegar a los oídos de otros. Siendo capaz de emocionar a los demás e, incluso, a sí mismo. Sí, es fácil imaginar nuestra obra de teatro perfecta, y muy difícil representarla de puertas para afuera. Por ello, es curioso ponerse a pensar que hay muchas mentes que se quedan atrás por incapacidad, falta de confianza, de dedicación o de posibilidades, mientras que otras, desiertos áridos de ideas, logran lo que aquellos manantiales curiosos, inteligentes y genios no pueden por diversas circunstancias. La oferta y la demanda que, con la suficiente publicidad o apoyo, bien podría yo mismo dibujar una cuadrícula con un lápiz, del nivel de un niño de cinco años, y aun así venderla por diez veces más de lo que necesita ese joven guitarrista, o ese pintor de sonrisas callejero, que siempre gana al juego de estarse quieto, para poder costearse sus estudios de bellas artes.

En este mundo que todo te da sin merecerlo y todo te quita de la manera más injusta, la única manera de lograr tus objetivos es confiar en uno mismo y, sobre todo, fiarse de tu mundo interno, único e imaginado. Hacerlo real, y recorrer el camino que tú elijas según tus creencias, tus gustos, tus directrices. Pues ya lo hemos visto con artistas decididos como Van Gogh, que fue ninguneado y despreciado en vida por disgregarse del rebaño: Célebre tan solo una vez acabó de cavar su propia tumba, y metió la cabeza dentro. Allí, al menos, todo era como él quería que fuera. Sin una sociedad que te adoctrina y te ubica donde tienes, y no donde quieres estar.

Siempre valdrá más la pena ser una alguien que al mirarse al espejo se sienta orgulloso y único; que sepa que su mayor éxito es conocerse a sí mismo, y valorar su aventura singular y diferente. Alejado de ser uno más de esa hilera idéntica de ovejas, que caminan juntas al matadero: bien rectas, bien iguales, bien carentes de imaginación. Pues si hay algo realmente valioso, es el vivir sintiendo que se vive, y no que se muere, lentamente, cansado de pisar el camino mil veces ya pisado por otros.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Define: ARTE.

Si me preguntaran que qué sé yo de arte respondería, sin duda alguna, que yo de arte no sé nada. Lo primero, porque el arte es un concepto tan inmenso que jamás me atrevería a decir que mi entendimiento logra abarcar más allá que una mínima parte de su existencia. Y segundo, diría que ni yo, ni tan siquiera un catedrático de arte, sabe de arte. ¿Por qué?

Porque para mí el arte es, fundamentalmente, la manifestación de uno o varios sentimientos que deciden unirse para bailar un triste tango, o una frénetica rumba; para cantar una pausada balada, o para hacer sonar un poderoso rock and roll; que lloran o que ríen, o que lloran y ríen, juntos, evocando todo lo que son y lo que representan, a aquél dispuesto a saber verlo. El arte es sentimiento y como tal se debe de sentir, no de saber. Para la mayoría el arte es, quizá, algo que no alberga demasiada importancia en su día a día. En cuanto a mí, sin embargo, me gusta pensar que el arte en sí es vida. En cada recobijo, en cada esquina; en un verso de un poema, en la danza, la pintura y la música: La vida es arte. Y todos en ella somos artistas que, inconscientemente, participamos.

El arte consigue algo que no cualquier cosa hace: De un rincón crea un mundo, y de un mundo crea un simple recobijo. ¿Pues no es cierto que caben mil deducciones, puntos de vista, emociones y sentimientos dentro de un pequeño marco y, sin embargo, al mismo tiempo, podemos pintar el planeta y, aún más, la vía láctea entera, en un diminuto cuadro a través de nuestro aún más diminuta mano? Quien ve arte ve mundo, lo ve todo. Observa dolor en un cuadro, y lo hace suyo; escucha una alegría llamada música, y ríe; baila con desparpajo y se revoluciona; pinta y de pronto su mente crea mundos distintos al suyo; escribe y logra cambiar aquellas cosas que tanto ansía cambiar.
Es un poder que, en una mente positiva y capaz, es insuperable. Porque el arte es el sueño de muchos, que quieren esculpir su dolor, su alegría, su vida. Y no importa si esculpen en mármol, en un lienzo o con la tinta sobre un papel en blanco. Pues mientras llenen ese papel con todo aquello que ellos sienten, se sentirán liberados y realizados. Como yo me siento, una vez que veo que, mejor o peor, alegre o feliz, he dado una vida menos blanca y vacía, a un papel que antes no sabía hablar y que, ahora, con mis palabras, a veces ríe, y a veces llora.


PD: Dicho ésto me gustaría tratar de entender por qué el maltrato animal, la tortura y el asesinato por ocio, que no por necesidad, se considera arte. Pero no lo logro entender. El arte es el sacrificio propio, la dedicación por algo que tú consideras que logra saca lo mejor de ti. Y el arte a veces también es dolor. pero no dolor ajeno, no dolor sin sentido, no dolor animal. Quizá un toro atravesado por espadas no hable, pero sí que llora. Y para verlo no es necesario entender de arte, tan solo hay que sentir un poco, y escuchar. Algo que muchos en este país, y en otros, nunca sabrán hacer.

domingo, 24 de mayo de 2015

Érase una vez... Una belleza prostituida y vejada.

Nunca entenderé el porqué todas las personas siempre se esconden y se esconderán toda la vida tras una cara que no es la suya. Hablo de las murallas y de los impedimentos a lo natural, a lo bello. Me refiero a todo ese cúmulo de cosas que se nos han impuesto como el canon de belleza y que casi todos se creen: Maquillaje a modo de camuflaje para esconder aquello que somos y presentar así, al mundo, a uno más del rebaño. En efecto, somos todos, en mayor o en menor medida, aquel rebaño de ovejas que no desea deshacerse de su lana, pues tiene miedo de enseñar la piel.

Y es que la belleza de la individualidad se ha perdido. Ahora todos, y todas, desean a aquellos, y a aquellas, que a su vez siguen la moda reinante: Medidas de cuerpo con síntomas de anorexia, es lo bello. Una hilera de hombres y mujeres que poseen mucho físico y poco cerebro, es lo bello. Todo aquella parafernalia modular que forma parte de todos, la misma jerga hablada, los mismos recursos para atraer, es lo bello. Porque para una sociedad que ha generalizado y prostituido el concepto de belleza, lo que es común, burdo y artificial es lo bello.

Pero para mí no, yo no veo belleza en ninguno de vosotros. La perdisteis en el momento que tirasteis a la basura vuestros atributos naturales, en el momento que cambiasteis vuestra ya sea más o menos tersa piel por un montón de mejunje mágico que adultera vuestras facciones y las reduce a falsa careta de payaso. Perdisteis todo mi interés cuando dijisteis no a lo individual, no al interior de cada uno, no a la valoración de los sentimientos únicos, puros. Y acabasteis diciendo que sí a lo superficial, al cuerpo que caduca y muere, rechazando así a la inteligencia que ni tan siquiera ha podido nacer en vosotros o al poderío de una risa sin trabas, sin tretas ocultas, natural.

Es este mundo el paraíso de lo aparente, pozo en el que se ahogan los sentidos. Se abre el telón de lo difuso, lo confuso y lo engañoso; el drama que representa al miedo, a la vergüenza, al ser que no quiere ser. Se cierra el telón, esta vez para esconder, cual si de cortina de rimmel y de sombra de ojos se tratara, la belleza verdadera.
En fin, la gente tenía miedo de elegir la cara de la moneda, y se quedó con la cruz.


Pequeña reflexión de madrugada.

Me preguntaba yo, en plena víspera de las municipales, si no servirían tal cantidad de sobres de propaganda electoral, esta vez sin dinero dentro, apilados todos juntos para hacerlos arder a modo de hoguera y así calentar a los miles de desahuciados en la fría intemperie del invierno. Éso, o quizá sería más sencillo, y más lógico, dejarlos vivir en esas también miles de casas, hoy huérfanas desde que la burbuja, sí, la especulativa, estallase y las dejara sin nadie que les diese calor. Un calor que, paradójicamente, hoy escasea en aquellos destinados a acabar con el eco de soledad que reina en esas casas vacías, en esos miles de gélidos y hambrientos sin techo, que necesitan desesperadamente el cálido abrazo de cuatro paredes y una sopa caliente.


martes, 19 de mayo de 2015

¿La sumisión de mis Ideales, de MI vida? No, gracias.

Sin creatividad solo somos máquinas. Pues, ¿qué son sino éstas? Simples instrumentos que sirven a un propósito, objetos que se mantienen a un océano de lejanía de conceptos como imaginación, astucia e improvisación: Están marcadas por unas pautas predichas que gobiernan sobre ellas.

Así, similar a esto, contemplo a la sociedad en la que me ha tocado vivir: Un cúmulo de personas que han nacido en serie y han muerto en su propio comienzo, pues en ellos siempre escasearán la lucidez y la libre decisión. Las pautas que nos someten no son menos sistemáticas que las que dirigen a las máquinas. Porque en nosotros reinan las instrucciones que escriben las grandes multinacionales y que nos plantan sobre nuestra espalda a modo de lastre, tan grande o más que el que fue la pesada Cruz para Cristo. Nos marcan un estilo y una moda que nosotros siempre seguimos, siendo entonces  aquel pinocho que, lejos de obtener la virtud de la vida, se mantendrá impasible y quieto cual si de piedra más que de madera mágica se compusiese su cuerpo, manejado por los grandes poderes -los políticos y los económicos, la misma jerga es- a sus anchas.
Pero yo digo no. Digo no a un destino marcado en la fragua maldita de aquellos imbéciles. Digo no al poderoso caballero que es don dinero, convertido hoy en necesidad, cuando en verdad es un obstáculo para la libertad. Digo no al control, a la sumisión absoluta, al no pensamiento. Digo no al pastor y a su rebaño dócil. Digo y siempre diré no a todos aquellos que intenten abolir mi libertad, que quieran amansar mi voluntad y mis ideales. Digo no a no decir nada, a las bocas calladas y alimentadas de falsas esperanzas, de un futuro que no es sino siempre eso, lejano futuro que nunca llega. Nos mienten y yo digo no, porque puedo decirlo y porque quiero. Porque a mí no me van a atar de brazos y pies, ni mucho menos me van a amordazar ni encular con sus gilipolleces de control de masas. Tan solo diré que sí a una cosa: Que os vayáis al carajo todos aquellos que habéis convertido la vida en un juego. Que os jodan a todos vosotros que habéis hecho de la humanidad un producto en serie.

" Sin corazón solo seríamos máquinas "  - Albert Einstein.