Todos somos pintores
excepcionales en nuestra cabeza. Pues, en multitud de ocasiones,
nuestra mente pinta o imagina un lienzo que varía según nuestro
humor, nuestra educación o nuestra manera de ser. Ya sea para opinar
sobre la situación político-económica y social del país, sobre
cómo le queda la chaqueta a esa persona o sobre si es más factible viajar
a París o a Nueva York, nuestra mente comienza a dibujar la
situación, a imaginarla. Le añade colores y texturas, distintos
matices que dictarán si elegimos el negro más lúgubre, el gris más
indeciso o el blanco más puro: El lienzo perfecto o el más
pesimista y horrible, según la situación. Un desfile del arcoíris o
los tonos más propios del infierno. Todos improvisamos cientos de
cuadros al día: Un día nos despertamos rock, otros días apostamos
por Beethoven y en otros nos sienta bien una tranquila balada o el
silencio. Quizá, algún día, cuando se pueda leer la mente de los
demás, se pueda descubrir el mundo de color, tinieblas y pasión que
cabe dentro de cualquier persona anónima que, frustrada por no haber
podido materializar esa canción, ese lienzo o ese libro, se ha
terminado conformando con acabarlo, poco a poco, dentro de sí mismo.
Con ésto lo que quiero
decir es que hay un mundo ilimitado de posibilidades y fantasías
detrás de cada uno de nosotros. Todos imaginamos, sentimos y
creamos, aunque no todos lo puedan exteriorizar. Pues ahí reside lo
singular del artista, que es capaz de sacar lo que lleva dentro y
plasmarlo en un papel, en un lienzo, o hacerlo llegar a los oídos de
otros. Siendo capaz de emocionar a los demás e, incluso, a sí mismo. Sí, es fácil imaginar nuestra obra de teatro perfecta, y muy
difícil representarla de puertas para afuera. Por ello, es curioso
ponerse a pensar que hay muchas mentes que se quedan atrás por
incapacidad, falta de confianza, de dedicación o de posibilidades,
mientras que otras, desiertos áridos de ideas, logran lo que
aquellos manantiales curiosos, inteligentes y genios no pueden por
diversas circunstancias. La oferta y la demanda que, con la
suficiente publicidad o apoyo, bien podría yo mismo dibujar una
cuadrícula con un lápiz, del nivel de un niño de cinco años, y
aun así venderla por diez veces más de lo que necesita ese joven
guitarrista, o ese pintor de sonrisas callejero, que siempre gana al
juego de estarse quieto, para poder costearse sus estudios de bellas
artes.
En este mundo que todo te
da sin merecerlo y todo te quita de la manera más injusta, la única
manera de lograr tus objetivos es confiar en uno mismo y, sobre todo,
fiarse de tu mundo interno, único e imaginado. Hacerlo real, y
recorrer el camino que tú elijas según tus creencias, tus gustos,
tus directrices. Pues ya lo hemos visto con artistas decididos como
Van Gogh, que fue ninguneado y despreciado en vida por disgregarse
del rebaño: Célebre tan solo una vez acabó de cavar su propia
tumba, y metió la cabeza dentro. Allí, al menos, todo era como él
quería que fuera. Sin una sociedad que te adoctrina y te ubica donde
tienes, y no donde quieres estar.
Siempre valdrá más la
pena ser una alguien que al mirarse al espejo se sienta orgulloso y
único; que sepa que su mayor éxito es conocerse a sí mismo, y
valorar su aventura singular y diferente. Alejado de ser uno más de
esa hilera idéntica de ovejas, que caminan juntas al matadero: bien
rectas, bien iguales, bien carentes de imaginación. Pues si hay algo
realmente valioso, es el vivir sintiendo que se vive, y no que se
muere, lentamente, cansado de pisar el camino mil veces ya pisado por
otros.